Monseñor Romero, el cura bueno


moseñor arnulfo romeroPor Guillermo Bermejo Rojas 

“Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado” Oscar Romero, Arzobispo de El Salvador, 1980. 

La noticia llego desde el Vaticano. El Papa Francisco decidió destrabar  el proceso de beatificación de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, asesinado por un comando de extrema derecha salvadoreño, en medio de la guerra civil que se desarrollaba en el hermano país centroamericano.

El Salvador en los años 70 era un remolino de injusticias, con menos del 10% disfrutando de más del 90% de las riquezas, sin libertades políticas,  constantes fraudes electorales, persecución, masacre y asesinatos selectivos contra dirigentes opositores.

Envuelto en una guerra civil, con los pobres sumándose a las guerrillas, con los oligarcas armando paramilitares y dando carta blanca a la Guardia Nacional para un vale todo contra los civiles, El Salvador se desangraba. La violencia era moneda corriente, la muerte el lugar cotidiano de las mayorías.

Como da a entender la canción “El padre Antonio y su monaguillo Andrés” de Rubén Blades,  Monseñor Romero había estado en el Vaticano y fue alumno de Giovanni Batista Montini, el futuro Papa Pablo VI.

Este mismo lo nombraría Arzobispo de San Salvador en 1977.

En una primera entrevista, el nuevo arzobispo había declarado:”el gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando este está cumpliendo su misión en la política del bien común”.

Con esta frase, Monseñor Romero anunciaba, sin saberlo tal vez,  que las misas dominicales serian su lugar de denuncia contra las violaciones de los derechos humanos contra el pueblo del El Salvador.

Como Cristo sentenciando que era más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos, Romero había dicho contra la oligarquía salvadoreña: “¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro. Y lo están adorando, se postran ante él, le ofrecen sacrificios.

¡Qué sacrificios enormes se hacen ante la idolatría del dinero!, no solo sacrificios sino iniquidades. Se paga para matar, se paga el pecado. Y se vende y todo se comercializa. Todo es licito ante el dinero”.

A diferencia de la jerarquía católica que se había casado con el imperialismo y las oligarquías asesinas de América latina, Monseñor Romero había dicho: “La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así la iglesia encuentra su salvación”.

Cansado de tantas mentiras oficiales sobre el fin de la represión, Monseñor Romero hizo este último discurso, que fue su sentencia de muerte: “Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice:

“No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Al día siguiente, el 24 de marzo de 1980, Monseñor Romero fue asesinado en la capilla de la Divina Providencia, mientras celebraba una misa. Un certero balazo en el corazón acabo con la vida del hombre entregado a la justicia social que es la paz verdadera.

¿El asesino? Treinta años después se supo que había sido un sub sargento de la hoy desaparecida Guardia Nacional de nombre Marino Samayor Acosta. La orden la había dado el mayor Roberto D´Aubuisson creador de los escuadrones de la muerte y como a judas habían pagado 114 dólares por la vida del sacerdote.

La guerra civil en El Salvador dejo más 80 mil  muertos y dos millones de desplazados y refugiados.

La beatificación de Romero es un duro golpe para el ala dura, conservadora y fascista de la Iglesia Católica. Ellos fueron quienes callaron el crimen contra Oscar Romero y bloquearon todo el proceso de reconocer oficialmente lo que ya es una realidad para el pueblo dominicano: Oscar Romero es desde su asesinato símbolo de unidad los pobres en lucha por su final liberación y al mismo tiempo se le conoce como “San Romero de América”.

Es también el anuncio de los nuevos tiempos que se viven en el Vaticano. Un Papa irreverente que se la juega todo el tiempo contra las ideas conservadoras y apuesta por que sea el amor al prójimo como igual el lente con el que miremos todo y a todos , en especial a los que sienten, creen y viven diferente.

Si el anti comunista Juan Pablo Segundo convirtió en santo al justificador del franquismo y fundador del Opus Dei Jose Maria Escriva de Balaguer (a quien le inventaron un par de milagros para que califique) hoy Francisco le da un lugar en los altares a Romero, que como buen  seguidor de Cristo hizo que su amor lo llevara a dar la vida por los más necesitados.

Que su sacrificio en el altar de la lucha por un mundo mejor, al margen de canonizaciones, hagan que se cumpla su profecía: “El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea la semilla de libertad y la señal que la esperanza será pronto una realidad”. Que así sea.

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